Silencio · ficción
El silencio que vive en medio del ruido
Cuento: entre doscientas llamadas al día, una operadora colombiana ve un pajarito en la cornisa y vuelve, por un segundo, al corredor de su abuela.
Una visión — cuento.
Doscientas llamadas al día. Las contó una vez, un lunes, y después nunca más quiso contarlas.
La operadora trabajaba en un edificio de vidrio de una ciudad grande de Colombia, en un piso donde trescientas personas hablaban al mismo tiempo, cada una con unos audífonos en la cabeza, cada una pidiéndole disculpas a un desconocido por una cuenta equivocada que no había sido ella quien equivocó. El ruido del piso era un mar sin olas: constante, tibio, sin pausa. A veces, de noche, en casa, todavía oía ese mar en los oídos.
En casa tampoco había silencio. El hermano menor jugaba en el celular con el volumen alto. La madre veía televisión. El vecino de arriba arrastraba muebles a las once de la noche, todas las noches, como si se mudara sin irse nunca.
Tenía veintiséis años y sentía que no pensaba un pensamiento completo desde los diecinueve.
Un día cualquiera, entre una llamada y otra, sucedió.
Un cliente le gritaba. Gritaba porque le habían cortado el servicio, porque tenía un hijo enfermo, porque nadie le resolvía nada. Ella escuchaba y, mientras escuchaba, miró sin querer la pared de vidrio del edificio. Afuera, un pajarito se había posado en la cornisa. Quieto. Completamente quieto, con el viento moviéndole las plumas.
Y, por un segundo, dejó de oír al cliente.
No oyó el piso, ni los audífonos, ni el mar tibio de las trescientas voces. Oyó solo el espacio entre ella y el pajarito, y ese espacio era enorme. Cabía en él una infancia entera.
Se vio niña, en la finca de la abuela, acostada en la hamaca después del almuerzo, cuando hasta las gallinas dormían y el mundo se quedaba quieto en el calor. Vio a la abuela desgranando maíz en el corredor, un grano a la vez, sin ningún apuro, como si cada grano fuera una oración. Vio que ese silencio de finca nunca se había ido. Estaba guardado en un lugar de ella donde el ruido no entraba, como una sala de la casa que uno olvida que tiene.
El segundo terminó. El pajarito voló. El cliente seguía gritando.
Pero ella ya no era la misma persona que había contestado la llamada.
—Señor —dijo, con una voz que no reconoció como suya, de tan tranquila—, aquí estoy. Me voy a quedar en la línea hasta resolverlo.
El hombre dejó de gritar. Del otro lado, ella oyó el llanto bajito de un niño, y después la respiración de él, más lenta.
—Disculpe —dijo él—. No es con usted.
—Lo sé.
Esa noche, en casa, el vecino arrastró los muebles como siempre. El hermano jugó. La madre vio televisión. Ella se acostó y, en vez de pelear con el ruido, cerró los ojos y buscó la sala olvidada. La hamaca, el maíz, la abuela.
Ahí estaba.
Descubrió que el silencio no era un lugar al que se va. Era un lugar del que se viene. Uno solo necesita recordar el camino, un segundo a la vez.
Al día siguiente volvió a hacer doscientas llamadas. Pero, entre una y otra, cerraba los ojos un segundo y volvía al corredor de la abuela. Un grano de maíz. Después, la llamada siguiente.
Bairo describe una búsqueda interior, en el fondo del pozo, en la que dice haber visto su mejor versión. Lea: El Dios de lo imposible.
El camino
El silencio puede ser un lugar dentro de usted, no solo afuera; a veces cabe en un segundo. Busque un recuerdo de calma verdadera y vuelva a él entre una tarea y otra. Cuando el ruido de afuera no se puede apagar, el de adentro se puede bajar.