Trabajo · ficción
Trabajo demasiado y no veo a mis hijos
Cuento sobre un chofer de aplicación que maneja catorce horas al día y, en un viaje de madrugada, lleva a un pasajero que le muestra el camino de vuelta.
Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el
Una visión — cuento.
Catorce horas al día, seis días a la semana. Hacía las cuentas en el semáforo.
El auto era alquilado. El alquiler vencía todos los lunes. La gasolina subía cada quincena. La aplicación se quedaba con una parte de cada viaje, y lo que sobraba pagaba la escuela de los dos hijos, la medicina de su madre, la cuota del refrigerador y casi nada más. Para cerrar el mes, tenía que manejar. Para manejar, tenía que salir de casa a las cinco, antes de que los hijos se despertaran, y volver a medianoche, después de que se durmieran.
Tenía treinta y nueve años y veía a sus hijos dormidos. Solo dormidos.
La niña tenía siete años y dejaba dibujos sobre la mesa de la cocina, para que él los viera al llegar. El niño tenía once y ya no dejaba nada.
Una madrugada de jueves, cerca de las tres, la aplicación sonó con un viaje largo, al aeropuerto. Lo aceptó. Era buen dinero.
El pasajero era un hombre de unos setenta años, de traje arrugado, con una maleta pequeña. Se sentó atrás y se quedó callado un rato. Después preguntó:
—¿Usted tiene hijos?
—Dos.
—¿Y los ve?
El chofer miró por el retrovisor. El viejo miraba hacia afuera, las luces de la ciudad pasando.
—Los veo dormidos.
El viejo asintió, despacio, como quien reconoce una frase que dijo alguna vez.
—Yo también veía a los míos dormidos. Treinta años. Construí una empresa grande. Viajé por el mundo. Ahora voy a la boda de mi nieta, al otro lado del océano. Me invitó por educación. No me conoce.
El chofer no respondió. La carretera al aeropuerto estaba vacía, una franja de asfalto oscuro entre postes amarillos, y el auto parecía andar solo.
Y fue entonces cuando la carretera se dobló.
Vio la misma carretera veinte años antes, cuando él tenía diecinueve y salió del interior con una mochila, para trabajar en la ciudad grande. Vio a su madre despidiéndose con la mano en la terminal de buses. Vio a su padre, que también trabajaba catorce horas al día en una fábrica, y a quien casi nunca veía despierto. Vio que había jurado, en aquella terminal, que con sus hijos iba a ser distinto.
Vio la carretera veinte años después. Él, con sesenta, en el asiento trasero de un auto, de traje, yendo a la boda de una nieta que no lo conocía.
Y vio la tercera carretera. Más angosta, de tierra, con monte a los lados. Él manejando, despacio, y en el asiento de atrás los dos hijos, riéndose de algo. No sabía adónde iban. No importaba.
Cuando llegaron al aeropuerto, el viejo pagó el viaje y dejó una propina grande.
—No es por el viaje —dijo—. Es por lo que yo no hice. Hágalo usted.
Y entró en la terminal.
El chofer se quedó parado junto a la acera mucho tiempo, con el motor encendido.
No dejó la aplicación. No podía. Las cuentas seguían ahí. Pero esa semana hizo algo pequeño. Apagó el celular toda la mañana del domingo, cosa que no hacía desde hacía dos años. Despertó a sus hijos con pan y café. Los llevó a andar en bicicleta a una plaza cerca de casa.
El niño de once años, que ya no dejaba nada en la mesa, pedaleó a su lado todo el tiempo y le contó todo lo que había pasado en la escuela desde el comienzo del año.
El lunes, al llegar a medianoche, había dos dibujos sobre la mesa de la cocina. Uno de la niña. Uno del niño.
En la historia de Bairo, el camino deja una lección: tecnología sin gente es solo código. Lea: La moneda y el camino.
El camino
Cuando no se puede trabajar menos, se puede proteger un pedazo de tiempo que sea solo de los hijos, con el celular apagado. Ellos no recuerdan las horas que usted trabajó; recuerdan las mañanas en que usted estuvo entero. Empiece por una mañana a la semana.