Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Soledad · ficción

Solo en una gran ciudad

Cuento de 2040 sobre un joven latino en Dubái, entre torres de vidrio y mensajes sin respuesta, y el desierto que le enseña a estar consigo mismo.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

Una visión — cuento.

En Dubái, en el verano de 2040, la gente solo camina al aire libre después de que se pone el sol. Durante el día, la ciudad entera vive dentro de cajas de vidrio refrigeradas, unidas por túneles y pasarelas, como un hormiguero de lujo.

El muchacho tenía veintisiete años y trabajaba en una de esas cajas, en el piso cincuenta y ocho. Había llegado de Colombia con un contrato de dos años para programar sistemas de logística portuaria. Ganaba bien. Le mandaba dinero a su madre. Tenía un apartamento con vista al mar y una piscina en la azotea en la que nunca se metía.

Y llevaba tres semanas sin conversar con nadie.

No era una exageración. Conversaba, claro, con los colegas, sobre trabajo. Conversaba con los asistentes del apartamento, que encendían la luz, pedían la comida, le recordaban el cumpleaños de su hermana. Pero conversar de verdad, con alguien que le preguntara cómo estaba y quisiera oír la respuesta, eso no ocurría desde hacía tres semanas. Las contó.

En el celular, los mensajes a los amigos de allá se quedaban con las dos marquitas, leídos, y sin respuesta. Todo el mundo estaba ocupado. La vida de ellos también había seguido.

Un viernes, su día libre, hizo algo que no sabía explicar. Alquiló un auto y manejó fuera de la ciudad, hacia el desierto, al final de la tarde. Manejó hasta que se acabó la carretera. Se bajó. Caminó sobre la arena todavía tibia hasta no ver ninguna luz, ni de los edificios ni de los autos.

Se sentó en una duna. Y se quedó.

Al principio, el silencio fue insoportable. Buscaba el celular por reflejo, sin señal. Pensaba en volver. Pero se quedó.

Al cabo de un rato, aparecieron las estrellas. No algunas: todas. Nunca había visto tantas. Ni en la infancia, en la casa de la abuela, en las montañas.

Y entonces llegó la visión.

Vio una caravana que atravesaba ese mismo desierto, mil años antes. Hombres y camellos en fila, guiados por las estrellas. Vio que ellos también estaban lejos de casa. Que también dormían bajo el cielo sin nadie con quien conversar, salvo su propio pensamiento. Y vio que no estaban solos. Estaban con las estrellas, que eran el mapa, y consigo mismos, que eran la brújula.

Se vio niño, en la cocina de su madre, contando las cosas del día sin parar, y la madre escuchando mientras revolvía la olla. Vio que se había pasado la vida hablando hacia afuera, para que alguien lo oyera, y nunca había aprendido a oír su propia voz por dentro.

En la duna, bajo las estrellas, se dio cuenta de que no estaba sin compañía. Estaba sin la costumbre de ser compañía para sí mismo.

Volvió a la ciudad de madrugada. El sábado hizo dos cosas. Llamó a su madre, no por mensaje, por voz, y conversó una hora sobre nada. Y bajó al vestíbulo del edificio, donde había un tablero de anuncios que nunca había leído. Había un aviso de un grupo de personas de varios países que se reunían el domingo por la noche para cocinar juntas y hablar de sus tierras.

Fue. Llevó arepas. Nadie sabía lo que eran. Todos comieron.

El desierto siguió allá afuera, enorme, quieto. Volvió a él muchas veces. No para huir de la gente. Para aprender a llegar a ella entero.

Bairo cuenta que pasó seis meses sin salir de casa, frente a una computadora, y que de aquel recogimiento salió lo que construyó después. Lea: La frecuencia del silencio.

El camino

Estar solo y sentirse solo no son lo mismo; aprender a hacerse compañía a uno mismo es el comienzo de estar bien con los demás. Cambie un mensaje por una llamada de voz esta semana. Y busque, cerca de usted, un lugar donde desconocidos se reúnan para hacer algo juntos.

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