Capítulo 13
La voz que él sigue
Bairo envía a su Dios delante del tiempo y sigue, como un ciego, una voz en la que confía. Su fe, contada con respeto a quien cree y a quien no cree.
Por Bairo Leandro Gonzalez Martinez · Publicado el
Imagine una calle desconocida, de noche, con niebla.
Un hombre camina por ella con los ojos cerrados. No tropieza, no tantea las paredes, no se detiene en cada esquina para revisar el letrero. Anda con paso firme, casi tranquilo. Quien mira desde la acera cree que conoce el camino.
No lo conoce. Está escuchando.
En algún lugar adelante, una voz dice: por aquí. Y él va.
Un ciego y una voz
Suele decir que es como un ciego que sigue una voz en la que confía.
La imagen es suya, y dice mucho del hombre que la eligió. Bairo pasó buena parte de su vida viendo lejos: el curso cuando el área todavía no ganaba espacio, los cosméticos naturales antes de la ola, la inteligencia artificial antes de volverse tendencia. Un hombre que ve antes que los demás podría describir su fe como visión. Prefirió describirla como ceguera.
No por falta de ojos. Por elección de confianza.
Quien ve elige el camino por lo que ve, y por eso solo llega hasta donde alcanza la vista. Quien sigue una voz llega hasta donde la voz lo llama. Para Bairo, la fe empieza exactamente donde termina la vista. Es la definición que aprendió en el fondo del pozo y que nunca cambió por otra: confiar en algo que no se ve.
Dios adelante
Antes de cualquier paso, hace algo que describe con una imagen curiosa. Envía a su Dios delante del tiempo.
Antes de una reunión, de un viaje, de una decisión que puede cambiarlo todo, pide que Dios vaya primero. Que vea el lugar adonde él todavía no ha llegado. Que conecte a las personas que todavía no conoce. Que abra el camino que todavía no existe. Solo después va él.
Para quien cree, es una oración. Para quien no cree, tal vez sea el gesto de un hombre que se niega a entrar solo en un lugar desconocido. En las dos lecturas, la consecuencia es la misma: no llega a ningún lugar como extranjero. En su fe, alguien ya estuvo allí primero y dejó la puerta entreabierta.
Justo él, que fue extranjero de verdad. Que llegó a un país que todavía no era el suyo y conoció, durante años, lo que es estar en un lugar donde nadie lo esperaba. Tal vez por eso esa imagen pesa tanto para él. Enviar a Dios adelante es la certeza de no volver a llegar solo nunca más.
Sin miedo
La voz puede llevarlo a muchos lugares. Ya lo llevó a varios.
A una silla frente a una computadora, durante seis meses, construyendo lo que no sabía construir. A conversaciones con bancos que decían que no. A países donde no conocía a nadie. A socios nuevos, después de haber sido abandonado por los anteriores. A nuevos comienzos que, vistos desde afuera, parecían terquedad.
En ninguno de esos lugares, dice, sintió miedo.
La frase merece cuidado, porque es fácil de malinterpretar. No está diciendo que nunca tuvo recelo, que nunca dudó, que nunca perdió el sueño. Lo perdió, y esta serie cuenta varias de esas noches. Está diciendo otra cosa: que el miedo dejó de ser quien decide. El recelo aparece, como aparece en cualquier persona. Solo que ya no tiene la última palabra. La última palabra es de la voz.
Quien sigue a alguien en quien confía no necesita tener el mapa. Necesita tener la confianza.
Ningún libro dice que Él perdió
Hay un razonamiento que hace Bairo y que dice mucho de su fe.
Recuerda que la humanidad escribió muchos libros sagrados, en muchas lenguas, en muchos siglos. Cada pueblo le dio al Creador un nombre, un rostro, una forma de ser buscado. Las religiones hablan de ese Dios de maneras distintas, a veces de maneras que chocan entre sí.
Y, sin embargo, dice él, en ningún libro de la historia de la humanidad está escrito que ese Dios de la vida, del amor y de la verdad haya sido derrotado.
Puede ser llamado con muchos nombres. Puede ser servido de muchas maneras. Puede ser negado, olvidado, discutido. Pero derrotado, en ninguna de esas páginas aparece. Para Bairo, esa es una de las razones más sencillas para seguir sin miedo: quien camina detrás de alguien que nunca perdió no necesita temer la derrota del camino.
De ahí viene también una convicción que defiende con firmeza. Encontró la fe en una congregación cristiana, escuchando relatos de gente común que había atravesado lo imposible. Pero la fe que lleva no pertenece a un edificio, a una bandera ni a una doctrina contra otra. Para él, quien confía en el Dios de la creación está en lo correcto, sea cual sea su creencia. La fe que lo levantó del suelo no es una fe que excluye.
En el aire que respiramos
Pregúntele dónde está ese Dios, y la respuesta no apunta hacia lo alto.
Apunta hacia lo cercano. Para él, Dios está en el aire que respiramos. Cada vez que el pecho se llena, es presencia. Cada vez que se vacía, también es presencia.
Y apunta, curiosamente, al hidrógeno.
El capítulo La frecuencia del silencio contó por qué ese elemento se volvió un símbolo en su vida: el hidrógeno es el más simple y el más abundante del universo, está en el agua que bebemos y en las moléculas de nuestro propio cuerpo, y emite la señal que el mundo entero acordó dejar en silencio. Bairo mira eso y ve otra cosa. Ve a Dios en el hidrógeno.
Hay que decir con claridad qué es esa frase. Es su fe, dicha en forma de poesía. No es una afirmación de la ciencia, y él no la presenta como tal. La química explica qué es el hidrógeno. Lo que ese elemento significa para un hombre que encontró a Dios en el fondo del pozo es otra conversación, y le pertenece a él.
Pero la imagen es bella, y no es difícil entender por qué la eligió. Si existe algo que está en todas partes, desde el principio, en cada estrella y en cada gota, discreto, sencillo, casi invisible, es un buen retrato de aquello que él llama Dios.
Todos conectados
De ahí viene la última pieza de la fe de Bairo, la más amplia.
Si ese Dios está en el aire que todos respiran y en el elemento del que todos están hechos, entonces nadie queda fuera de su alcance. Para Bairo, todos estamos, de alguna forma, conectados a una nueva realidad donde todo es posible.
No lo dice como promesa de que todo va a salir bien para todo el mundo. Esta serie entera desmiente esa promesa: él mismo cayó demasiadas veces. Lo dice como quien describe una puerta que está siempre abierta, incluso cuando nadie pasa por ella. Lo imposible, para él, no es una pared. Es un lugar adonde todavía no se ha llegado.
Fue lo que aprendió escuchando aquellos relatos sencillos, de gente que había atravesado lo que parecía no tener salida. El Dios de lo imposible no es el Dios de los que nunca caen. Es el Dios de los que se levantan.
Para quien no cree
Este capítulo fue escrito con reverencia por su fe, y con el mismo respeto por quien no tiene ninguna.
Nadie necesita creer en lo que cree Bairo para entender lo que hizo con esa creencia. Se puede leer esta historia como se lee el diario de viaje de alguien que estuvo en un país que usted no conoce. No necesita haber ido para reconocer lo que el viaje cambió en el viajero.
Lo que la fe cambió en él está a la vista de quien quiera mirar: un hombre que lo perdió casi todo y que, en vez de cerrarse, volvió a confiar. En Dios, primero. Después, en las personas. Después, en sus propias ideas.
Si usted no cree, tal vez su voz tenga otro nombre. Intuición. Conciencia. El recuerdo de alguien que creyó en usted. Lo que esta historia sugiere no es que adopte la fe de él. Es que descubra qué voz merece su confianza, y empiece a caminar detrás de ella con menos miedo.
Los ojos cerrados
Vuelva a la calle de la niebla.
El hombre sigue caminando con los ojos cerrados. Quien está en la acera todavía cree que conoce el camino. Ahora usted sabe que no es eso.
No sabe dónde termina la calle. Sabe quién va adelante.
Y, en su fe, quien va adelante ya vio dónde termina. Ya vio, incluso, una versión de él que todavía no ha sucedido, esperando allá al final. De esa versión trata el último capítulo de esta serie.