Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Fe · ficción

Cuando todo se derrumba y aún queda fe

Cuento sobre un hombre que lo perdió casi todo y entra en una iglesia sencilla a escuchar historias de gente común que atravesó lo imposible.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

Una visión — cuento.

Entró porque estaba lloviendo.

Al menos eso se dijo a sí mismo. Llevaba horas caminando sin rumbo, desde que había salido de la oficina del abogado con la carpeta bajo el brazo y la certeza de que ya no le quedaba nada. No le quedaba la empresa. No le quedaba el auto. No le quedaba el respeto de su hermano, que le había prestado dinero y ahora no contestaba el teléfono. Le quedaban la carpeta, la lluvia y un par de zapatos que ya dejaban entrar el agua.

La puerta de la iglesia estaba abierta. Adentro, bancos de madera, un piso de cerámica muy limpio, y gente. Gente sencilla, con ropa de domingo un miércoles por la noche. Nadie le preguntó quién era. Un señor de pelo blanco solo se corrió un poco en el banco, para que él cupiera.

Se sentó con la carpeta sobre las rodillas.

No hubo un sermón largo. Hubo personas que se ponían de pie, una por una, y contaban. Una mujer contó que su hijo había desaparecido durante dos años y había vuelto. Un muchacho contó que había pasado hambre y que ahora trabajaba en una panadería. Un hombre de su edad contó que lo había perdido todo, exactamente todo, que había dormido en una terminal de buses, y que un día alguien le tendió la mano sin preguntarle nada.

Él escuchaba. No creía en nada de eso, o creía que no creía. Pero escuchaba.

En un momento, el señor de pelo blanco que tenía al lado cerró los ojos, y él, por imitación o por cansancio, los cerró también.

Fue entonces cuando llegó la visión.

Vio un río. No un río de agua: un río de personas, atravesando los siglos. Cada persona llevaba un peso distinto en la espalda. Unos cargaban piedras, otros cargaban niños, otros no cargaban nada y parecían los más cansados. Todos atravesaban el mismo lugar oscuro, una especie de garganta entre montañas, donde el río se volvía estrecho y violento. Vio que algunos caían. Vio que otros los levantaban. Vio que nadie cruzaba solo, ni siquiera los que creían que sí.

Y se vio a sí mismo, ahí, en medio del río, con la carpeta bajo el brazo.

Detrás de él, alguien a quien no conocía. Adelante, el hombre que había dormido en la terminal. Y entendió que la fe, en ese río, no era una idea sobre Dios. Era la decisión de dar el paso siguiente sin ver la orilla. Confiar en algo que no se ve. La orilla existía, porque otros habían llegado a ella. Él solo no lograba verla todavía.

Abrió los ojos. El culto había terminado. La gente se saludaba, preguntaba unos por otros. El señor de pelo blanco le puso la mano en el hombro y le dijo una sola frase:

—Vuelva cuando quiera.

Salió. Seguía lloviendo. La carpeta seguía pesando, las deudas seguían del mismo tamaño, el hermano seguía sin contestar. Nada había cambiado afuera.

Pero caminó hasta su casa de otra manera. Ya no como quien huye. Como quien cruza.

En casa, le mandó un mensaje a su hermano. No le pidió perdón ni le explicó nada. Escribió solamente: "Cuando puedas, quiero que hablemos". Se acostó y, después de semanas en vela, durmió la noche entera.

Bairo cuenta que, cuando lo había perdido todo, encontró en una congregación historias de personas comunes que habían atravesado lo imposible, y que empezó a confiar en algo que no se ve. Lea: El Dios de lo imposible.

El camino

La fe, para quien cree y para quien no cree, puede ser la decisión de dar el próximo paso sin ver la orilla. Escuche la historia de quien ya cruzó: es la prueba de que la orilla existe. Si el peso se vuelve desesperación, el CVV (servicio brasileño de apoyo emocional) atiende en el 188, gratis, las 24 horas, y pedir ayuda también es cruzar.

Lea también

Más sobre este tema