Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Hambre · ficción

¿Pasar hambre en la infancia marca para siempre?

Cuento casi oración de una abuela colombiana que, en 2040, cocina para sus nietos y recuerda a la niña que fue, en los años noventa, con el estómago vacío.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

Una visión — cuento.

Yo cocino de más.

Mis nietos se ríen de eso. Dicen que en mi casa la olla nunca se acaba, que hago comida para veinte cuando somos cinco. Tienen razón. En 2040, en la casa donde vivo, en una ladera verde de Colombia, la nevera siempre está llena y nunca dejo que nadie se vaya sin un recipiente en la mano.

Ellos no saben por qué. Nunca se lo conté.

Hoy, mientras se cocinaba el arroz, mi nieta de nueve años me preguntó si yo había pasado hambre alguna vez. Así, de repente, como los niños preguntan las cosas grandes. Le dije que sí. Ella abrió mucho los ojos. Dijo que no lo creía, que yo era la persona que más comida tenía en el mundo.

Entonces lo voy a contar. No a ella, todavía. A quien esté escuchando.

Yo tenía ocho años en 1993. Vivíamos en un barrio de casas de ladrillo sin revocar, en lo alto de una cuesta de una ciudad grande. Mi papá se había ido. Mi mamá lavaba ropa ajena. Éramos cuatro hermanos. Había días en que había arroz. Había días en que había agua con azúcar. Había días en que no había nada, y mi mamá nos mandaba a dormir temprano, diciendo que el que duerme no siente hambre.

No es verdad. El que duerme sueña con comida.

Yo soñaba con pan. Un pan redondo, dorado, enorme, que nunca había visto, pero que en el sueño tenía olor.

Me acuerdo de la vergüenza. De eso nadie habla. El hambre duele en la barriga, pero duele más en la vergüenza. La vergüenza de ir a la escuela sin merienda y fingir que no quería. La vergüenza de mirar el plato del vecino. La vergüenza de ver a la mamá diciendo que ya había comido, cuando no era cierto.

Hoy, revolviendo el arroz, tuve una visión.

Vi a la niña que fui, sentada en la puerta de la casa, mirando la cuesta. Vi que estaba esperando algo. No sabía qué. Y vi que, bajando la cuesta, venía yo. La abuela que soy ahora, con un recipiente de comida en las manos.

Me acerqué a la niña y me senté a su lado. No me reconoció. Le di el recipiente. Comió despacio, como si se le fuera a escapar. Y le dije, bajito, lo que nadie le dijo en aquel tiempo:

—La culpa no es tuya.

Dejó de comer y me miró. Y vi, en sus ojos, a mi mamá, y a la mamá de mi mamá, y una fila de mujeres que les habían dicho a sus hijos que ya habían comido.

Cuando volví a la cocina, el arroz estaba a punto de quemarse.

Sí, el hambre marca. Marca para siempre. Pero aprendí que la marca puede volverse otra cosa. En mi casa, se volvió olla llena. Se volvió el recipiente en la mano de quien se va. Se volvió la comida que llevo, todos los jueves, a la cocina comunitaria del barrio, donde hay niñas sentadas en la puerta esperando algo.

Yo no sé rezar bien. Pero, si esto es un rezo, que sea este: que ninguna niña sueñe con un pan que nunca vio. Y que, si lo sueña, alguien baje la cuesta.

Mañana se lo cuento a mi nieta. Se lo voy a contar mientras cocinamos juntas. Voy a hacer pan.

Bairo suele decir que el sol es para todos, pero la sombra, en el calor, es para pocos. Lo aprendió en los años en que se quedó sin suelo. Lea: La capoeira fue el puente.

El camino

El hambre deja marca, y la marca puede volverse cuidado de los demás. Hable de ella sin vergüenza: la vergüenza nunca fue de quien pasó hambre. Si usted tiene un poco más, averigüe dónde queda la cocina comunitaria más cercana y baje la cuesta.

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