Perdón · ficción
Cómo perdonarme por mis errores
Cuento en forma de carta de una mujer boliviana de cuarenta años a la muchacha de veinte que fue, pidiendo perdón y ofreciendo perdón.
Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el
Una visión — cuento.
Querida muchacha de veinte años:
Soy yo. Tú, a los cuarenta. Te escribo desde una cocina pequeña en una ciudad alta de Bolivia, donde el aire es tan delgado que las palabras salen despacio. Tal vez por eso tardé tanto en escribirte.
Quiero pedirte perdón. Y quiero perdonarte. No sé cuál de las dos cosas es más difícil.
¿Te acuerdas del día en que dejaste la carrera de arquitectura? Estabas en tercer año. Habías dibujado el proyecto de una escuela para una comunidad del altiplano, con paredes de adobe y ventanas grandes para que entrara el sol por la mañana. El profesor dijo que era ingenuo. Que nadie iba a construir eso. Le creíste. Y, aun creyendo en tu dibujo, te rendiste.
Pasé veinte años con rabia contra ti por eso.
¿Te acuerdas del hombre con quien te casaste a los veintitrés, aunque todo tu cuerpo decía que no? ¿Te acuerdas del dinero que le prestaste a tu prima y que nunca volvió, y por el que no pudiste pagar la escuela de tu hijo aquel año? ¿Te acuerdas de las veces que te callaste cuando debías hablar, y de las veces que hablaste cuando debías callarte?
Yo me acuerdo de todas. Durante años, fueron mi lista. La repasaba por la noche, punto por punto, como quien pasa las cuentas de un rosario al revés.
Anoche, repasando la lista, tuve una visión.
Te vi a ti, a los veinte, sentada en el suelo de tu cuarto, con el proyecto de la escuela en el regazo, llorando. Vi que no te rendiste por debilidad. Te rendiste porque estabas sola. Nadie en casa entendía qué era la arquitectura. Nadie había estudiado nunca. Tú eras la muchacha que iba a llegar lejos, e iba lejos sin mapa.
Te vi a los veintitrés, el día de la boda. Vi que tenías miedo de quedarte sola para siempre, porque eso era lo que les decían a las mujeres que esperaban demasiado.
Te vi prestándole el dinero a tu prima porque tu prima estaba llorando y tú nunca supiste ver llorar a nadie.
Y me di cuenta de algo. Cada error de mi lista tenía una razón que yo, a los cuarenta, podía entender, y que tú, a los veinte, no tenías cómo saber. No te equivocaste por ser mala. Te equivocaste por ser joven, por estar sola y por ser demasiado buena.
Después la visión fue hacia adelante. Vi a una mujer de sesenta años, yo, escribiéndole una carta a esta de cuarenta. Ella también me pedía perdón y me perdonaba. Ella también tenía una lista. Y ella también, al final, rompía la lista.
Por eso te escribo. Para romper la mía.
Quiero que sepas esto: la escuela que dibujaste existe. No esa, exactamente. Pero, hace diez años, una ONG construyó, en un pueblo cerca del lago, una escuela de adobe con ventanas grandes para el sol. Fui a verla. Me quedé parada en la puerta mucho tiempo. Alguien había tenido la misma idea. No estabas equivocada. Solo llegaste temprano.
Y quiero que sepas otra cosa. La semana pasada me volví a inscribir en la universidad. No en arquitectura. En pedagogía. Quiero enseñarles a los niños a dibujar escuelas.
Te perdono, muchacha. Por la carrera, por la boda, por el dinero, por los silencios. Perdóname por haberte odiado tanto tiempo.
Con amor, por fin,
tú.
Bairo cuenta que, en un momento de su vida, creyó en una idea y, aun creyendo, se rindió, y que años después esa idea se volvió tendencia. Guardó el dolor y la prueba de que había visto lejos. Lea: El sol es para todos.
El camino
Mire sus errores con los ojos de hoy y con la información que usted tenía en aquel momento; casi siempre hay una razón humana detrás. Escríbale una carta a quien usted fue y dígale lo que necesitaba oír. Perdonarse a sí mismo no borra el error; le devuelve el futuro.