Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Tiempo · ficción

¿Cuánto vale un minuto de vida?

Cuento sobre un relojero portugués que, en 1974, repara el reloj de un soldado y aprende que el tiempo no se mide con las manecillas.

Una visión — cuento.

El relojero tenía un taller del tamaño de un armario, en una calle empinada de una ciudad vieja de Portugal, y adentro cabían cuatrocientos relojes y un hombre.

En abril de 1974, un día en que la ciudad entera parecía contener la respiración, entró un soldado muy joven. Traía un reloj de bolsillo con el vidrio rajado.

—Era de mi abuelo —dijo—. Se paró anoche.

El relojero abrió la tapa con la lupa en el ojo. El mecanismo estaba intacto. Solo el resorte se había cansado.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó el soldado.

—Depende de cuánto tiempo quiera usted que ande.

El muchacho no entendió. El relojero sonrió y se puso a trabajar. Mientras trabajaba, hablaba, como siempre hablaba con los relojes.

—¿Sabe lo que aprendí en cuarenta años aquí adentro? Que nadie trae un reloj a reparar por la hora. La hora está en todas partes, en la campana de la iglesia, en la radio, en la muñeca de cualquiera. La gente trae relojes por quien los usó. Este no marca horas. Marca a su abuelo.

El soldado se quedó callado. Afuera, alguien pasó corriendo con un clavel rojo en la mano.

Mientras encajaba el resorte nuevo, el relojero tuvo una visión. Le llegó como le llegaban todas sus visiones, por el tictac. Vio al abuelo del soldado, joven, recibiendo ese reloj en una boda, en una aldea de piedra. Vio el reloj en su bolsillo en una fábrica, en una travesía en barco, en un entierro. Lo vio pasar al hijo, y del hijo al nieto, que ahora estaba ahí, de uniforme, con miedo del día.

Y vio más lejos. Vio un tiempo que todavía no existía, setenta años más adelante. Vio personas sin ningún reloj en la muñeca, porque las horas aparecían en el aire. Y vio que esas personas habían empezado a medir otra cosa. No las horas del día: los minutos de vida. Discutían cuánto vale un minuto de alguien, si el minuto de quien cuida a un enfermo vale lo mismo que el de quien vende un auto. Vio que no llegaban a una respuesta simple, y que discutirlo ya era bueno, porque obligaba a todos a recordar que el tiempo de cada persona se acaba.

Volvió al taller. El reloj estaba listo. Le dio cuerda, y el tictac llenó la pequeña sala.

—Listo. No le cobro nada.

—No puedo aceptarlo.

—Puede. Págueme de otra manera. Cuando tenga un hijo, enséñele a darle cuerda. Todos los días, a la misma hora. Es solo un minuto. Pero es el minuto en que se va a acordar de su bisabuelo.

El soldado guardó el reloj en el bolsillo del pecho, del lado del corazón. Salió a la calle, donde la gente ya no contenía la respiración: cantaba.

El relojero volvió a los otros cuatrocientos relojes. Cada uno con su resorte, cada uno con su muerto, cada uno con su minuto. Se quedó oyendo el tictac de todos al mismo tiempo, que de lejos parecía una llovizna, y pensó que el tiempo no es lo que pasa. Es lo que uno da.

Bairo recuerda que Steve Jobs puso vida humana dentro de un número: diez segundos multiplicados por millones de personas. En la red que él propone, la medida "1 minuto de vida humana" es de propósito, no de precio. Lea: Cincuenta y cinco años después.

El camino

El tiempo que usted le da a alguien es su bien más escaso, porque no vuelve. Elija a quién entregarle sus minutos con el cuidado con que se elige un regalo. Y cree un pequeño ritual diario, de un solo minuto, para acordarse de quienes vinieron antes.

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