Inmigración · ficción
Nostalgia de casa viviendo lejos
Cuento sobre una enfermera brasileña en el turno de noche en el Reino Unido, una videollamada con su madre y el puente que uno lleva por dentro.
Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el
Una visión — cuento.
A las tres de la mañana, en el Reino Unido, la lluvia no cae. Se queda suspendida en el aire, como si le diera pereza llegar al suelo.
La enfermera miraba esa lluvia por la ventana del pasillo, en el descanso de la guardia. Tenía cuarenta minutos. Adentro, los pacientes dormían, y las máquinas hacían ese ruidito regular que, al cabo de un tiempo, se vuelve una especie de música. Sacó el celular del bolsillo del uniforme. En Brasil eran las once de la noche. Su madre seguiría despierta, viendo la telenovela.
La madre contestó con los rulos puestos.
—¡Hija! ¿Estás comiendo?
—Sí, mamá.
—Estás flaca.
—Es la cámara.
—La cámara no adelgaza a nadie.
Se rieron. Detrás de la madre, la pared de la cocina, amarilla, con el calendario de la farmacia del barrio y la imagen de una santa que la enfermera conocía desde antes de saber caminar. La madre giró el celular para mostrarle el patio. Oscuro, pero se oían los grillos. La enfermera cerró los ojos para oír mejor.
Y entonces vio.
Se vio con siete años, en ese mismo patio, acostada en la losa tibia mirando las estrellas con su abuelo. El abuelo decía que cada estrella era una persona que se había ido y que, desde allá, seguía cuidando a los que se quedaron. Ella preguntaba si esa persona sentía nostalgia. El abuelo decía que sí, que la nostalgia es el hilo que impide que quien se fue se pierda en el cielo.
Se vio con dieciocho, en el aeropuerto, la madre llorando detrás del vidrio, ella apretando el pasaporte con tanta fuerza que arrugó la tapa.
Se vio con treinta y cuatro, ahora, en un pasillo de hospital al otro lado del océano, cuidando a los hijos y a los padres de otras personas.
Y se vio con setenta, en un tiempo que todavía no llegó. No sabía dónde estaba. Podía ser el patio, podía ser ahí mismo, bajo esa lluvia suspendida. El lugar no importaba. Le estaba enseñando a un niño a mirar las estrellas, y le decía lo mismo que el abuelo: la nostalgia es el hilo.
Abrió los ojos. La madre seguía ahí, mostrando ahora al perro, que había engordado.
—Mamá.
—Dime, hija.
—Cántame esa canción.
La madre no preguntó cuál. Cantó bajito, desafinada, la canción de cuna que cantaba cuando la niña tenía fiebre. La enfermera apoyó la frente en el vidrio frío de la ventana. Del otro lado, la lluvia seguía sin caer.
Entendió algo simple. Su casa no se había quedado atrás. Había venido con ella, doblada adentro, como la ropa doblada en la maleta. El patio, los grillos, la santa en la pared, la voz desafinada de su madre. Todo eso cabía en un pasillo de hospital a las tres de la mañana. La distancia no le había quitado nada. Solo le había mostrado el tamaño de lo que cargaba.
El descanso terminó. Guardó el celular y volvió adentro. En la habitación doce, una señora inglesa de noventa años estaba despierta, asustada, llamando a alguien que no estaba ahí.
La enfermera se sentó en el borde de la cama, le tomó la mano y, sin pensarlo, empezó a cantarle la canción de su madre, en portugués.
La señora no entendió una palabra. Pero se calmó.
Bairo cuenta que, desde niño, llevaba Brasil dentro de él antes de pisar el país, y que el puente, para él, fue la capoeira. Lea: La capoeira fue el puente.
El camino
La nostalgia no es señal de que usted se equivocó al irse; es el hilo que lo une a lo que lo formó. Mantenga pequeños rituales con quienes se quedaron, una llamada, una canción, una receta. Y use lo que trajo para cuidar a quienes tiene cerca: casa también es lo que uno ofrece.