Propósito · ficción
¿Cuál es el propósito de mi vida?
Cuento épico que sigue a un átomo de hidrógeno desde el comienzo del universo hasta el cuerpo de un joven en 2070, que pregunta para qué nació.
Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el
Una visión — cuento.
Al principio, antes de cualquier pregunta, había hidrógeno.
Trescientos ochenta mil años después del gran resplandor, el universo se enfrió lo suficiente para que un protón y un electrón se abrazaran. Así nació el átomo más simple que existe. Él no sabía que era simple. No sabía nada. Solo era. Y, de vez en cuando, cambiaba de estado y soltaba un susurro de radio en una frecuencia exacta, mil cuatrocientos veinte megahercios, como quien dice en voz baja: aquí estoy.
El átomo vagó durante miles de millones de años en una nube oscura. Fue arrastrado al interior de una estrella y ardió. Fue escupido por ella cuando ella explotó. Vagó otra vez. Cayó, junto con polvo y hielo, en un planeta pequeño, azul, que todavía no tenía nombre. Se volvió lluvia. Se volvió mar. Entró en un alga, que fue comida por un pez, que murió y se volvió fondo del océano. Subió como vapor. Bajó como nieve en una montaña. Bajó como río.
En 2052, entró en un vaso de agua que una mujer embarazada bebió una tarde calurosa, en una ciudad de Portugal.
Y se volvió parte de un niño.
El niño nació, creció, y en 2070, a los dieciocho años, se sentó en un muro viejo, frente al mar, e hizo la pregunta que todo ser humano se hace en algún momento:
—¿Para qué nací?
No se lo preguntó a nadie. Se lo preguntó al mar.
Sus amigos sabían lo que querían. Uno iba a ser ingeniero de energía. Otra iba a trabajar con los agentes de inteligencia artificial que cuidaban las ciudades. Otro se iba al espacio. Él no sabía. Le gustaban muchas cosas y ninguna en especial. Sentía que todos habían recibido un mapa y que el suyo se había quedado en el correo.
Fue entonces cuando, sentado en el muro, con los ojos en el horizonte, tuvo una visión.
Vio el camino entero del átomo, al revés. De su cuerpo al vaso de agua de su madre. Del vaso al río, a la nieve, al vapor, al fondo del mar, al pez, al alga. A la lluvia del planeta joven. A la estrella que explotó. A la nube oscura. Y, al final de todo, al abrazo inaugural entre un protón y un electrón, trescientos ochenta mil años después del comienzo del tiempo.
Vio que el átomo nunca había tenido propósito. Había tenido camino. Y que, en cada punto del camino, había servido a algo: calentado una estrella, quitado la sed a un pez, mojado una montaña, formado a un niño. Nunca supo para qué. Lo hizo de todos modos.
Y vio que el susurro del átomo, el "aquí estoy" en la frecuencia del hidrógeno, nunca se había detenido. Que los hombres habían acordado, hacía más de un siglo, dejar esa banda en silencio, para poder escucharla. Que era el sonido más común del universo, y el más fácil de olvidar.
La visión terminó. El mar seguía allí. El niño seguía sin mapa.
Pero la pregunta había cambiado.
Ya no era "¿para qué nací?". Era "¿a qué puedo servir hoy?". Y esa pregunta tenía respuesta. Tenía muchas. La abuela necesitaba ayuda para mover los muebles. El vecino estaba aprendiendo a leer y le daba vergüenza. La playa estaba llena de plástico después de la tormenta.
Bajó del muro y fue a la playa.
No descubrió el propósito de la vida ese día. Descubrió una tarea. Y después otra. Y se dio cuenta, mucho más tarde, de que un propósito es solo esto: una fila de tareas que, miradas de lejos, dibujan un camino.
Bairo dice que no existen coincidencias ni casualidades, solo propósitos, sueños y ejecución. Lo aprendió desde niño, cuando anunciaba un país que todavía no conocía. Lea: La capoeira fue el puente.
El camino
Tal vez la pregunta "¿para qué nací?" sea demasiado grande para hoy; cámbiela por "¿a qué puedo servir ahora?". Cada tarea hecha con entereza es un punto del camino. Mirado de lejos, el camino se vuelve propósito.