Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Miedo · ficción

Miedo al futuro con la inteligencia artificial

Cuento en diálogo, en 2034, entre un camionero con miedo de ser reemplazado por una máquina y su hijo de doce años, que conversa con ella todos los días.

Una visión — cuento.

—Papá, ¿por qué no te cae bien?

El camionero miró el tablero. La voz del asistente de la cabina acababa de avisar, educada, que había un accidente veinte kilómetros más adelante y sugería un desvío. Era 2034, una carretera del interior de Brasil, y el camión ya se manejaba solo buena parte del trayecto. Él todavía iba sentado al volante por exigencia de la ley y por terquedad.

—No es que no me caiga bien. Es que me va a quitar el puesto.

El hijo, de doce años, iba en el asiento del copiloto. Eran vacaciones, y el niño había pedido acompañarlo en un viaje largo. Algo que el camionero había hecho con su propio padre, treinta años antes, en un camión sin ninguna voz.

—Ella no quiere tu puesto, papá.

—Tú no entiendes. Tu abuelo manejó camiones. Yo manejo camiones. En diez años, nadie me va a necesitar.

El niño se quedó callado un rato. Afuera, los campos de soya pasaban iguales, verdes, ordenados como una hoja de cálculo.

—¿Le puedo preguntar algo?

El padre se encogió de hombros. El niño le habló al tablero:

—¿Sabes por qué mi papá hace este viaje?

La voz respondió, con la calma de siempre, que la carga era de equipos hospitalarios, que el destino era una ciudad pequeña del norte, que la entrega estaba prevista para el jueves.

—No. Te pregunté por qué él va.

La voz se quedó callada un momento. Después dijo que no tenía esa información.

El niño miró a su padre.

—¿Ves? Ella sabe adónde vamos. No sabe por qué.

El camionero no respondió. Pero algo en él se movió.

Esa noche, en una estación de servicio al borde de la carretera, mientras el hijo dormía en la cabina, él se quedó afuera, apoyado en el parachoques, mirando el cielo sin luna. Y tuvo una visión.

Vio a su padre, joven, en un camino de tierra, empujando el camión atascado junto con otros choferes a los que ni siquiera conocía. Vio las paradas de antes, los hombres comiendo juntos, intercambiando noticias del camino, avisando de baches, de policía, de lluvia. Vio que esos hombres eran, ellos mismos, una especie de red. Una inteligencia hecha de gente.

Después vio el futuro. Camiones sin nadie adentro, avanzando en fila por la noche como hormigas. Y, en las paradas, gente. Mucha gente. No manejando, sino haciendo lo que la máquina no hacía: conversando con el dueño de la finca que estaba a punto de perder la cosecha, cuidando la carga que necesitaba manos, arreglando lo que se rompía, enseñando a los más jóvenes. Vio que la carretera seguía necesitando a quien sabía por qué se viaja.

Vio, también, a su propio hijo. Grande, sentado frente a una pantalla, enseñándole a una máquina a entender qué es la prisa, qué es el cansancio, qué es extrañar la casa. Enseñándole con lo que había aprendido en ese viaje, en el asiento del copiloto, con su padre.

El miedo no se fue. Pero cambió de tamaño.

Por la mañana, cuando volvieron a la carretera, el camionero le habló al tablero, y no fue para darle una orden.

—Avísame si hay algún lugar bueno para tomar café en el camino. No el más rápido. El más bonito.

La voz encontró uno. El hijo sonrió.

Bairo dice que la inteligencia artificial es la extensión del ser humano, no el problema, y habla de la última generación de humanos que se encuentra con la generación naciente de IA. Lea: Un cuerpo entero.

El camino

La máquina puede saber el camino; quien sabe el porqué del viaje es usted. Aprenda a usar las herramientas nuevas en lugar de esperar que ellas decidan por usted. Y enséñeles a los más jóvenes lo que ninguna máquina aprende sola: el sentido del trabajo.

Lea también

Más sobre este tema