Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Tiempo · ficción

Siento que voy atrasado en la vida

Cuento sobre una mujer de treinta y un años que se compara con todo el mundo y descubre que el universo también tarda entre ver y suceder.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

Una visión — cuento.

A los treinta y un años, tenía una lista mental de todo lo que ya debería haber pasado.

Casa propia. Carrera encaminada. Un viaje al extranjero. Tal vez un hijo. Tal vez un negocio. La lista se alargaba cada vez que abría el celular y veía las fotos de los demás: la amiga de la universidad que había abierto una empresa, el primo que se había mudado a otro continente, la compañera que se iba a casar en una hacienda con lucecitas colgadas de los árboles.

Trabajaba en una oficina pública, vivía con su madre y sentía que su vida estaba detenida en una estación mientras todos los trenes pasaban.

Una noche de insomnio, sin nada mejor que hacer, se puso a leer sobre estrellas. Empezó con una pregunta cualquiera y fue haciendo clic, como quien baja una escalera a oscuras. Terminó en una página sobre el hidrógeno.

Leyó que, en 1944, en medio de una guerra, un joven astrónomo holandés calculó en el papel que el hidrógeno del espacio debía emitir una señal de radio en una frecuencia exacta. Nadie tenía cómo oír eso. No existían antenas lo bastante buenas. Él lo escribió, lo publicó y esperó.

La señal recién se oyó en 1951, del otro lado del océano.

Siete años.

Siete años entre que alguien vio algo en el papel y el mundo confirmó que existía.

Cerró el celular y se quedó mirando el techo. Y fue entonces cuando empezó la visión, como empiezan las cosas cuando uno está demasiado cansado para resistirse.

Vio al astrónomo, joven, con un abrigo grueso en una sala sin calefacción, escribiendo números a la luz de una lámpara débil, mientras afuera la ciudad pasaba hambre. No sabía si iba a vivir para ver la señal. La escribió de todos modos.

Vio la luz de las estrellas viajando. Una luz que había salido de allá antes de que existieran personas en la Tierra y que, recién ahora, llegaba a los ojos de alguien. ¿Atrasada? No. Llegando exactamente cuando terminaba el viaje.

Vio a su propia madre, a los treinta y un años, embarazada de ella, sola, con miedo, creyendo también que la vida iba atrasada. Y vio a su madre a los sesenta, hoy, riéndose en la cocina con las amigas de la iglesia, diciendo que sus mejores años habían sido los de después de los cincuenta.

Y se vio a sí misma, mayor, en un tiempo que no lograba fechar. No vio lo que había conseguido. Vio solo su cara. Estaba en paz. Era la cara de alguien que no había corrido detrás de ningún tren, porque había entendido que no estaba en una estación. Estaba en un camino, y el camino era suyo.

Cuando amaneció, hizo algo pequeño. Abrió un cuaderno y escribió, arriba de la página, no la lista de lo que ya debería haber pasado. Escribió una pregunta: ¿qué veo yo que todavía no existe?

Tardó en responder. Pero respondió.

Tal vez tarde siete años. Tal vez más. El hidrógeno había esperado miles de millones de años para ser oído, y nunca dejó de soltar su señal por eso.

Se cuenta que, en la inauguración de Walt Disney World, alguien lamentó que Walt no hubiera vivido para ver el parque, y oyó: "Él lo vio. Por eso está aquí". Bairo abre su propia historia con esa frase. Lea: Cincuenta y cinco años después.

El camino

Comparar su capítulo cinco con el capítulo veinte de otra persona es una cuenta que nunca cierra. Escriba lo que usted ve que todavía no existe, y dele el tiempo que el viaje pide. El atraso, muchas veces, es solo la distancia entre ver y suceder.

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