Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Quiebra · ficción

Perdí la cosecha y lo perdí todo

Cuento sobre el productor que vio al granizo llevarse la cosecha de un año en veinte minutos, y sobre lo que la tierra guarda cuando la cosecha se va.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

Una visión — cuento.

El granizo duró veinte minutos. La cosecha había durado un año.

Era en el altiplano, donde el cielo queda tan cerca que parece posible tocarlo con la punta de la azada. El productor estaba en la puerta de su casa de adobe cuando oyó el ruido, al principio como alguien tirando arroz sobre un techo de calamina, después como un ejército. Las piedras de hielo eran del tamaño de huevos de codorniz. Caían blancas sobre la quinua roja, y la quinua se tendía como quien se rinde.

Cuando terminó, el silencio que vino fue el más fuerte que había oído jamás.

Caminó por el campo con las botas hundiéndose en el barro helado. Las panojas estaban en el suelo, quebradas, mezcladas con el hielo que ya empezaba a derretirse. Su mujer vino detrás y no dijo nada. Hay pérdidas en las que hablar es una falta de respeto.

Por la noche hizo las cuentas a la luz de una vela, porque la luz se había caído junto con el cielo. La semilla comprada a plazos. El abono. El tractor prestado por el vecino, que iba a pagar con parte de la cosecha. La escuela de los hijos en la ciudad. Las cuentas eran simples, y todas daban el mismo resultado: nada.

Fue entonces cuando vio.

No sabe decir si se durmió. Vio a su abuelo, que había muerto hacía treinta años, arrodillado en ese mismo campo, sembrando con las manos. El abuelo no usaba tractor ni abono comprado. Sembraba y conversaba con la tierra en una lengua antigua, que el nieto entendía solo a medias. Vio al abuelo perder una cosecha también, en una helada de antes de que él naciera. Vio al abuelo sentado en la misma puerta, con el mismo silencio. Y vio al abuelo, a la mañana siguiente, separando un puñado de semillas que había guardado en una vasija de barro, escondida debajo de la cama, por si el cielo se enojaba.

La visión siguió, ahora hacia adelante. Vio a su hija, ya mujer, en una época que todavía no existía, con una pantalla en la mano, recibiendo por la mañana el aviso de que venía granizo. Vio a su hija cubriendo el campo con una malla, vendiendo la cosecha a alguien del otro lado del país sin intermediario, recibiendo el dinero el mismo día. Vio que ella también perdía, a veces. La tierra nunca deja que nadie gane siempre. Pero ella no perdía sola.

Cuando abrió los ojos, la vela se había acabado.

Se levantó y fue al cuarto. Debajo de la cama, donde nadie tocaba nada desde hacía años, estaba la vasija de barro del abuelo. Ya la había olvidado. Adentro, cuatro puñados de semillas viejas, secas, vivas.

No era una cosecha. Pero era un comienzo.

Al día siguiente fue a hablar con el vecino del tractor. Le dijo que ese año no iba a poder pagarle. El vecino miró al cielo, después a él, y le dijo que el granizo también había pasado por su campo. Los dos se quedaron en silencio un rato. Después, sin ponerse de acuerdo, fueron juntos al campo del tercer vecino, a ver cómo estaba.

El productor entendió que la tierra no guarda solo semillas. Guarda gente. El abuelo había dejado en la vasija de barro lo que hacía falta para volver a empezar, y había dejado también una manera de mantenerse en pie: sin vergüenza de perder, con vergüenza solo de rendirse.

Bairo cuenta que construyó, en seis meses frente a la computadora, la base de una plataforma pensada para poner en contacto directo a quien produce, a quien comercializa y a quien compra. Lea: La frecuencia del silencio.

El camino

Perder la cosecha no es perder la tierra, ni el saber de quien siembra. Hable pronto con quien le debe y con quien perdió junto con usted: una pérdida compartida pesa distinto. Guarde siempre una vasija de semillas, de dinero, de amigos, para el día en que el cielo se enoje.

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