Salud · ficción
Miedo a recibir un diagnóstico
Cuento sobre una mujer que espera el resultado de un examen en un pasillo de hospital, y sobre la enfermera que le enseña a esperar sin estar sola.
Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el
Una visión — cuento.
El pasillo tenía cuarenta y dos sillas azules, unidas unas a otras por una barra de hierro. Ella las contó tres veces.
Tenía cincuenta años, vivía en una ciudad de clima frío en las montañas de Colombia, y estaba allí desde las siete de la mañana, esperando el resultado de un examen. Una bolita pequeña, descubierta por casualidad, en la ducha. El médico general le había dicho que probablemente no era nada. Ella había oído "probablemente". Solo eso.
En las últimas dos semanas, esa palabra había vivido en la casa con ella. Se sentaba a la mesa en el desayuno. Se acostaba en la cama por la noche. La acompañaba al trabajo, al mercado, a misa. Probablemente.
A su lado, en la silla número diecisiete, una señora muy anciana tejía. Del otro lado, un muchacho movía la pierna sin parar. Enfrente, una madre sostenía a un bebé dormido. Nadie hablaba. Todos esperaban lo mismo de maneras distintas.
Sacó el celular para buscar qué podía ser. Se detuvo. Ya había buscado demasiado. Cada búsqueda abría una puerta hacia un cuarto más oscuro.
Cerró los ojos.
Y allí, en el pasillo de sillas azules, llegó una visión.
Vio el pasillo mucho tiempo atrás, cuando todavía no había hospital, solo un campo de pasto en las montañas. Vio a una mujer, de otra época, sentada en una piedra, esperando noticias de un hijo que había bajado por el río. Su espera era igual. Vio otras esperas, a través de los siglos. Mujeres en puertos, en estaciones, en puertas de casa. Hombres en pasillos de maternidad. Niños en la ventana, esperando que volviera el padre. Vio que la espera era una de las cosas más antiguas y más humanas que existen. Que nadie aprendió a hacerla bien. Y que nadie, nunca, tuvo que hacerla solo.
Abrió los ojos. La señora del tejido se había detenido y la miraba.
—¿Le toca a usted tener miedo? —preguntó la señora.
Ella se rio, sin querer.
—Sí.
—A mí me tocó el mes pasado. Hoy es control.
—¿Y salió todo bien?
La señora pensó un poco.
—Salió lo que salió. Pero no me quedé sola con lo que salió.
Una enfermera apareció en la puerta y llamó un nombre. No era el suyo. El muchacho de la pierna inquieta se levantó y entró. La enfermera, antes de cerrar la puerta, recorrió el pasillo con la mirada, vio la cara de ella y volvió.
—¿Usted está esperando el resultado de qué?
Ella se lo dijo.
La enfermera no dijo nada sobre el examen. No podía, y no fingió que podía. Dijo solo:
—Cuando la llamen, ¿quiere que entre con usted?
Ella no sabía que podía pedir eso. Dijo que sí.
La llamaron una hora después. La enfermera entró con ella y se quedó de pie, junto a la silla, con la mano en su hombro, mientras el médico le explicaba el resultado despacio, mirándola a los ojos, respondiendo cada pregunta. Lo que él dijo se queda con ella. No es eso lo que importa en esta historia.
Lo que importa es que salió de aquella sala, fuera cual fuera la noticia, con una mano en el hombro. Y que, a la salida, pasó junto a la señora del tejido y le dijo: gracias.
La semana siguiente, volvió al hospital sin necesitarlo. Se sentó en una de las cuarenta y dos sillas azules, junto a una muchacha que movía la pierna. Y le preguntó:
—¿Le toca a usted tener miedo?
Bairo cuenta que aprendió, en el fondo del pozo, a confiar en algo que no se ve, y que nadie atraviesa solo. Lea: El Dios de lo imposible.
El camino
El miedo de la espera no se resuelve buscando más; disminuye con compañía. Lleve a alguien con usted y sepa que puede pedir que un profesional de la salud se quede a su lado y le explique cada palabra. Y, cuando pueda, sea la mano en el hombro de quien está esperando.