IA y humanidad · ficción
La abuela que aprendió a hablar con la máquina
Cuento sobre una abuela boliviana de ochenta años que solo habla quechua, la máquina que no la entiende y la nieta que les enseña a escucharse.
Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el
Una visión — cuento.
La abuela tenía ochenta años y hablaba con las cosas.
Hablaba con las ollas, con las gallinas, con la papa que pelaba, con la foto del marido en la pared de adobe. Hablaba en quechua, la lengua que había aprendido antes que cualquier otra, en las montañas de Bolivia, y que usaba para todo lo que importaba. El castellano era para la feria y para la posta de salud. El quechua era para la vida.
Por eso, cuando la nieta trajo de la ciudad aquel aparatito redondo que respondía preguntas, la abuela se ofendió.
—Esa cosa no sabe hablar.
—Sí sabe, abuela. Pregúntale cualquier cosa.
La abuela se inclinó sobre el aparato, desconfiada, y le preguntó en quechua si iba a llover al día siguiente.
El aparato se quedó callado. Después, con una voz educada, pidió disculpas en castellano y dijo que no había entendido.
La abuela enderezó la espalda, satisfecha.
—¿Ves? No sabe.
La nieta tenía diecinueve años y estudiaba programación en la capital. Se quedó mirando a la abuela y al aparato, los dos en silencio, como dos personas que no se conocen en un ascensor. Y tuvo una idea.
Esas vacaciones, pasó las tardes sentada junto a la abuela con una grabadora. Le pedía que le contara cosas. Los nombres de las plantas, de las enfermedades de las plantas, de los vientos, de las estrellas que marcan el tiempo de sembrar. Las historias del lago, de las montañas que eran gente, del cóndor. La abuela, a quien nunca nadie había escuchado tanto tiempo, hablaba sin parar. La nieta lo grababa todo, y por la noche, en la computadora, le enseñaba esas palabras a un programa.
Una de esas noches, cansada, la nieta se quedó dormida sobre el teclado y vio.
Vio a la abuela niña, pastoreando llamas en un altiplano tan alto que el cielo parecía de vidrio. Vio a la bisabuela enseñándole los nombres de las cosas, señalando con el dedo. Vio la lengua pasando de boca en boca, de madre a hija, durante quinientos años, resistiendo a quienes quisieron borrarla. Y vio la lengua casi desapareciendo: la propia nieta se avergonzaba de ella en la escuela, cuando era niña.
Después vio el aparatito redondo. Y entendió que también él era una especie de niño. No sabía nada. Solo sabía lo que alguien le enseñaba. Y, hasta ahora, nadie le había enseñado la lengua de la abuela.
Las máquinas, vio la nieta, no eran extranjeras. Estaban hechas de lo que los humanos ponían en ellas. Si estaban hechas solo de la lengua de la ciudad, hablarían solo la lengua de la ciudad. Si alguien les daba la voz de las montañas, también hablarían con las montañas.
El último día de las vacaciones, la nieta volvió a poner el aparato sobre la mesa de la cocina.
—Abuela. Pregúntale otra vez.
La abuela suspiró, como quien hace un favor, y preguntó en quechua si iba a llover.
El aparato se quedó un segundo callado. Después respondió, en quechua, con un acento extraño, medio de máquina, que sí, que venían nubes desde el lago.
La abuela se quedó inmóvil. Después se cubrió la boca con la mano. Se le llenaron los ojos.
—Habló como hablaba mi madre.
—Aprendió de ti, abuela.
La abuela miró el aparato largo rato. Después, despacio, empezó a contarle la historia del cóndor. La misma que le había contado a la nieta, y que la bisabuela le había contado a ella.
El aparato lo escuchó todo. Y lo guardó.
Bairo dice que la inteligencia artificial es la extensión del ser humano, no el problema. Una extensión solo lleva adelante lo que uno pone en ella. Lea: Un cuerpo entero.
El camino
Para enseñar a una persona mayor a usar la tecnología, empiece por lo que ella ya sabe y ama, no por el botón. Escuche antes de explicar: las personas aprenden de quien las escuchó. Y recuerde que la máquina también aprende de nosotros; enséñele lo que vale la pena guardar.