Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Nuevo comienzo · ficción

Volver a empezar de cero en otro lugar

Cuento de 2041 sobre una familia colombiana que pierde su aldea en la inundación y sube la montaña con lo que cabe en una mochila y lo que no cabe en nada.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

Una visión — cuento.

En el año 2041, el río decidió volver a donde había estado antes de los hombres.

Llovió cuarenta días en una región de Colombia donde antes llovía diez. La aldea estaba en la curva del río, como siempre están las aldeas, porque es en la curva donde el agua deja la tierra más fértil. La noche en que el agua subió, no pidió permiso. Entró por las puertas, se llevó las gallinas, se llevó la escuela, se llevó el cementerio con los muertos adentro, como si quisiera llevarse también la memoria.

El hombre despertó con el agua en los tobillos. Tomó en brazos a su hija de seis años, la mujer agarró la mochila que estaba lista desde hacía semanas, desde que la radio empezó a avisar, y los tres subieron la montaña en la oscuridad, guiados por el ruido de otros que también subían.

Allá arriba, por la mañana, miró hacia abajo.

Ya no había aldea. Había un lago marrón, con el techo de la iglesia asomando en medio, y una bicicleta atrapada en la rama de un árbol, girando la rueda despacio, como si todavía pedaleara hacia algún lugar.

Tenía treinta y ocho años y nada. La mochila tenía tres mudas de ropa, documentos en una bolsa plástica, una linterna, un paquete de arepas y una cajita de música que la niña no quiso dejar atrás. Era todo.

La niña abrió la cajita. Sonó un vals antiguo, metálico, que la abuela había recibido el día de su boda, mucho antes de que naciera cualquiera de las personas de esa montaña.

La música abrió una puerta hacia atrás.

El hombre vio a la abuela, niña, escuchando esa música todavía nueva, en una aldea que no era esa, porque la abuela también había venido de otro lugar. Huía de una guerra, allá por los años cincuenta del siglo pasado, y había llegado a la curva del río con una cajita de música y nada más. Vio al bisabuelo, más atrás, saliendo de otro lugar todavía, por otro motivo. Vio una fila de gente de su familia, atravesando siglos, todos cargando poco, todos llegando a algún sitio donde no conocían a nadie, todos empezando de cero.

Entendió que su familia nunca había sido de un lugar. Había sido de un movimiento.

El cero, que por la mañana parecía el final, ahora parecía el punto de partida más común de la historia humana. Nadie nace en un lugar que haya existido siempre. Todo lugar fue, alguna vez, la montaña a la que alguien subió con una mochila.

En la ladera, otras familias se estaban despertando. Alguien encendió un fuego. Una señora empezó a cortar sus arepas en pedazos más pequeños para darle a más gente. Un muchacho al que él no conocía apareció con una lona y preguntó si alguien sabía amarrar.

El hombre sabía. Había amarrado redes de pesca toda la vida.

Se levantó, tomó una punta de la lona y empezó. No pensó en el futuro, que era demasiado grande. Pensó en el nudo, que era del tamaño de sus manos. Un nudo, y después otro.

Cuando la lona quedó en pie, la niña se metió debajo con la cajita de música y dijo que esa era la casa nueva.

Nadie la corrigió.

Bairo cuenta que empezó de cero más de una vez, en un país que todavía no era el suyo, y que ese nuevo comienzo tuvo dirección de barrio. Lea: El sol es para todos.

El camino

Empezar de cero es el punto de partida más antiguo de la humanidad, no una vergüenza suya en particular. Cuando el futuro sea demasiado grande, piense en el próximo nudo: la tarea del tamaño de sus manos. Busque a quienes están subiendo la misma montaña; volver a empezar en compañía pesa menos.

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