Bairo GonzalezLeandro · Martinez

Generación Alfa · ficción

Cómo vivirá la generación alfa

Cuento en forma de carta, escrita en 2045 por una mujer de la generación alfa a su madre, sobre crecer entre máquinas y lo que solo una madre enseña.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

Una visión — cuento.

Mamá:

Te escribo a mano. Sé que te vas a reír. Te pasaste toda mi infancia pidiéndome que soltara la pantalla, y ahora soy yo quien se lo pide a mi hija, y ella me mira como yo te miraba a ti: como quien mira un fósil.

Tengo treinta años. Vivo en Hong Kong, en un apartamento del piso cuarenta, donde trabajo en cosas que tú nunca entendiste y que yo ya no sé explicar sin usar palabras que no existían cuando nací. Me preguntabas, cuando yo tenía diez años, qué iba a ser de grande. Yo respondía: no sé, la profesión todavía no la han inventado. Te hacía gracia. Era verdad.

Soy de la generación que ustedes llamaron alfa. Nacimos con el mundo ya encendido. Aprendimos a deslizar el dedo antes de aprender a pasar la página. Tuvimos amigos que eran voces, maestros que eran programas, juguetes que respondían. Los periódicos de la época decían que seríamos la generación más solitaria de la historia, o la más genial, según el día.

No fuimos ni una cosa ni la otra. Fuimos gente, como ustedes.

Quiero contarte algo que pasó ayer.

Mi hija, que tiene seis años, estaba conversando con la asistente de la casa. Le preguntó si tenía mamá. La asistente respondió, con la delicadeza de siempre, que no, que la habían creado muchas personas. Mi hija se quedó pensando. Después vino hacia mí y me preguntó: "Mamá, ¿entonces quién le enseñó a ser buena?".

No supe qué responder. Salí al balcón. Y allí, mirando las luces de la bahía, tuve una especie de visión.

Te vi a ti, mamá, en la cocina de nuestra casa de antes en Brasil, cantando mientras lavabas los platos. Vi que yo, pequeña, me quedaba escuchándote desde la sala, fingiendo que veía caricaturas. Vi tu mano en mi frente cuando yo tenía fiebre. Vi el día en que mentí y no me regañaste, solo te pusiste triste, y tu tristeza me enseñó más que cualquier castigo.

Después vi a mi hija, grande, en una época que no sé fechar. Le estaba enseñando algo a una máquina. No a programar: a ser. Le contaba a la máquina cómo se consuela a alguien que perdió a su mascota. Se lo contaba como yo se lo conté a ella. Como tú me lo contaste a mí.

Y entendí, mamá. Las máquinas son buenas porque alguien fue bueno con quienes las hicieron. Y ese alguien aprendió de alguien, que aprendió de alguien. Una fila que empieza mucho antes de cualquier pantalla. Que pasa por ti, lavando los platos y cantando.

Nosotros, la generación alfa, no somos la generación que perdió lo humano. Somos la generación que va a tener que enseñárselo a las máquinas. Y solo podemos enseñar lo que recibimos.

Por eso te escribo a mano. Quiero que mi hija vea mi letra. Quiero que sepa que alguien se sentó y gastó tiempo para decir algo que una máquina diría más rápido y más bonito, pero no diría por amor.

Gracias por los platos, por la fiebre y por la tristeza.

Voy a visitarte en el verano. Voy a llevar a la niña. Enséñale aquella canción.

Con nostalgia,

tu hija.

Bairo habla de la última generación de humanos integrada con la generación naciente de IA, y dice que la inteligencia artificial es la extensión del ser humano, no el problema. Lea: ¿La IA es la extensión del ser humano?.

El camino

Toda tecnología lleva los valores de quien la construye; lo que usted le enseña hoy a un niño llega mañana a las máquinas. Escriba a mano de vez en cuando, para alguien a quien ama. Y no delegue la ternura: solo se aprende de la gente.

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