Hijos · ficción
Cómo ser padre inmigrante
Cuento sobre un padre boliviano en Brasil, la noche en que nace su hija en un país que aún no es del todo suyo, y la cuenta que todo padre inmigrante hace.
Una visión — cuento.
Su hija nació a las cuatro y diecisiete de la mañana, y él no sabía en qué lengua decirle bienvenida.
Llevaba nueve horas en el pasillo de la maternidad pública, sentado en una silla de plástico naranja. Había llegado de Bolivia hacía seis años. Hablaba el portugués del trabajo, el de las obras, el del bus, el del mercado. Pero no sabía el portugués de las cosas grandes. Cuando la enfermera salió de la sala y dijo "es niña, todo está bien", él respondió en español, sin querer, y después en aimara, la lengua de su abuela, que no hablaba desde niño.
La enfermera sonrió como quien ya ha oído todas las lenguas en ese pasillo.
Entró. Su mujer estaba pálida y feliz. La niña, envuelta en una manta blanca con el sello del hospital, tenía los ojos cerrados y las manos cerradas también, como quien sostiene algo muy pequeño e importante.
La tomó en brazos y, en ese momento, hizo la cuenta.
Todo padre inmigrante hace esa cuenta, en silencio, en el instante en que sostiene a su hijo. Ella va a ser de aquí. Va a hablar sin acento. Va a tener un documento que a él le costó años conseguir. Va a crecer en este país, con estas canciones, estas comidas, estos santos. Y él, el padre, siempre va a ser un poco de allá. La cuenta tiene un solo resultado: ahora, tiene que valer la pena haber venido.
Mientras la niña respiraba contra su pecho, él vio.
Vio a su propio padre, en el altiplano, sosteniéndolo recién nacido en una casa de piedra sin ventana, con el viento aullando afuera. Vio que su padre también había hecho una cuenta, otra: este niño va a tener que irse para tener alguna oportunidad. Y vio a su padre llorando el día en que él se fue, sin decir nada, solo apretándole la mano con la mano dura de quien trabajó la tierra toda la vida.
Después vio a su hija, grande. Hablaba con alguien en un lugar que él no conocía. Hablaba en portugués, perfectamente, y de pronto, en medio de la frase, decía una palabra en aimara. La palabra de la abuela. La decía sin saber muy bien de dónde le había llegado, pero la decía, y la gente le preguntaba qué significaba, y ella lo explicaba, orgullosa.
La palabra era jallalla. Se usa para celebrar, agradecer, desear que la vida florezca.
Volvió al cuarto. La niña había abierto los ojos. Oscuros, enormes, mirando sin ver.
—Jallalla —dijo él, bajito.
Y después lo dijo en español. Y después en portugués. Tres veces bienvenida, en tres lenguas, porque ella iba a necesitar las tres para saber quién era.
Esa mañana no fue a trabajar. Se quedó en el hospital hasta que su mujer se durmió, después salió a comprar pan y, en la panadería, le contó al hombre del mostrador que había sido padre. El hombre, al que veía todos los días desde hacía seis años y con quien nunca había cruzado más que un buenos días, le estrechó la mano y le dio un pan de más, gratis.
Fue ahí, sin aviso, cuando sintió que ese país también era un poco suyo.
La cuenta seguía ahí. Que valiera la pena haber venido. Pero, al salir de la panadería con el pan caliente bajo el brazo, entendió que no iba a pagar esa cuenta solo, ni de una vez. La iba a pagar un día a la vez, una palabra a la vez, enseñándole a su hija las tres lenguas de las que estaba hecha.
En la historia de Bairo, la misma cuenta aparece cuando nace su hija, en un país que todavía no era del todo el suyo. Lea: El sol es para todos.
El camino
Su hijo puede ser de aquí y de allá al mismo tiempo, y eso es riqueza, no división. Enséñele la lengua, la comida y la historia del lugar de donde usted viene, aunque sea en pedazos pequeños. Y deje que el nuevo lugar también lo cuide a usted: acepte el pan de más.