Bairo GonzalezLeandro · Martinez

El futuro

La IA como extensión del ser humano

Para Bairo Gonzalez, la inteligencia artificial no sustituye a la persona: extiende su alcance, como la rueda extendió el pie y la escritura, la memoria.

Equipo de bairogonzalez.com, a partir de la historia de Bairo · Publicado el

La rueda es un pie que aprendió a girar. El libro es una memoria que aprendió a esperar. El teléfono es una voz que aprendió a viajar.

Bairo Leandro Gonzalez Martinez mira la inteligencia artificial y ve lo mismo: no una criatura extraña que llegó para tomar nuestro lugar, sino el siguiente pedazo de nosotros que aprendió a pensar fuera del cuerpo.

Una idea antigua con rostro nuevo

No fue el primero en pensar así. En 1964, el pensador canadiense Marshall McLuhan escribió que toda tecnología es una extensión del ser humano: la ropa extiende la piel, la ciudad extiende el cuerpo colectivo, los medios eléctricos extienden el sistema nervioso. En 1960, J. C. R. Licklider, uno de los padres de internet, imaginó una "simbiosis hombre-computadora", en la que personas y máquinas resolverían juntas problemas que ninguna de las dos resolvería sola. En 1962, Douglas Engelbart llamó a su proyecto "aumentar el intelecto humano". Y en 1998 los filósofos Andy Clark y David Chalmers sostuvieron que la mente no termina en la piel: el cuaderno donde usted anota una dirección ya es, en cierto sentido, parte de su memoria.

Bairo toma ese hilo y lo lleva a la vida de quien nunca leyó ninguno de esos textos. Para la vendedora del mercado, el cuaderno de fiado se convierte en un historial de crédito. Para el padre que cuida a un hijo, la memoria que falla se convierte en un registro que no olvida. Para el inmigrante, la lengua que todavía no domina se convierte en una conversación que fluye.

Lo que él quiere decir con "extensión"

Una extensión no decide por usted. Lo lleva más lejos en la dirección que usted eligió.

Por eso, en todos los frentes que fundó, el diseño es el mismo. En la salud, el asistente clínico organiza y quien evalúa es un profesional. En el derecho, la IA prepara y quien defiende es el abogado. En el agro, la IA cotiza y quien negocia es quien sembró. La máquina extiende la mano, el ojo, la memoria. La decisión sigue dentro del pecho de una persona.

Fei-Fei Li, científica de Stanford y una de las voces más respetadas del área, resume esa elección en un cambio de verbo: en lugar de "sustituir", "aumentar". La IA, dice ella, debería guiarse por su impacto humano. Bairo está de acuerdo y agrega la palabra que usa para todo: vida. Si la tecnología no le devuelve tiempo de vida a alguien, todavía no cumplió su papel.

El miedo, y la respuesta a él

No es ingenuo. Sabe que hay quien ve la IA como una amenaza, y sabe que parte de ese miedo es razonable. El economista Erik Brynjolfsson, también de Stanford, llamó "trampa de Turing" a la tentación de construir máquinas que imitan a las personas para sustituirlas, en lugar de máquinas que amplían lo que las personas hacen. El primer camino concentra el poder; el segundo lo distribuye.

La visión de Bairo es una apuesta clara por el segundo camino. Dice que la IA es la extensión del ser humano, y no el problema, porque cree que el problema nunca fue la herramienta. Fue siempre lo que se hace con ella. Un martillo construye una casa o derriba una puerta. La diferencia está en la mano.

En el futuro que él describe

Imagina un tiempo en que nadie diga "usé una IA", de la misma manera que nadie dice "usé la escritura" para dejar un recado. La inteligencia artificial estará tan disuelta en las cosas que parecerá natural, como los anteojos parecen parte de la cara de quien los usa desde hace treinta años.

E imagina que, cuanto más extensa sea nuestra mano, más importante será el corazón que la mueve. En un mundo en el que cualquier persona puede hacer casi cualquier cosa con la ayuda de máquinas, lo que va a diferenciar una vida de otra no será la capacidad. Será la intención.

Por eso habla tanto de la mejor versión. No como producto, como pregunta: si usted pudiera ir más lejos, ¿adónde iría?

Una escena

Una señora de ochenta años, que nunca aprendió a escribir bien, le dicta al celular una carta para su nieta, que vive en Japón. La IA corrige la ortografía, la traduce al japonés y le lee de vuelta, en voz alta, lo que ella dijo, para que lo confirme. Ella cambia una palabra. Quiere que la nieta sepa que la extraña "del tamaño del mar", no "muchísimo".

La máquina extendió su mano hasta el otro lado del mundo. Pero la nostalgia, y la elección de la palabra, fueron suyas.

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